A ROMA : SEMINARIO SU GRAMSCI E MACHIAVELLI

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Venerdì 28 ottobre avrà luogo a Roma il seminario della IGS ITALIA su Quaderno 13 e Quaderno 18. Relazione di Guido Liguori. Discussant: Francesca Antonini e Fabio Frosini. Il seminario si terrà dalle ore 15 presso l’Aula Verra, nella sede di Roma Tre di via Ostiense 234, a Roma (metro B, fermata Marconi). L’Aula Verra è situata a piano terra.
La relazione può essere richiesta dagli iscritti alla Igs Italia, o da chi si iscriverà in occasione del seminario, o da chi assicura comunque la propria partecipazione.
Agli studenti e alle studentesse iscritti/e che verranno al seminario da fuori Roma sarà dato un contributo spese di 50 euro, con la preghiera di preavvertire tramite email.
La quota associativa per il 2016 è la seguente: 30 euro (50 o più, per chi può), 20 euro per studenti e disoccupati. Solo le iscritti e gli iscritti potranno acquistare i libri della Igs Italia a metà prezzo: il Dizionario gramsciano 1926-1937 a 40 euro (prezzo di copertina: 85 euro); Domande dal presente. Studi su Gramsci (prezzo di copertina: 18 euro) e Valentino Gerratana “filosofo democratico” (prezzo di copertina: 18 euro) a 10 euro l’uno. I nostri soci potranno inoltre comprare i “quadernetti Gramsci” per prendere appunti.
Ci si può iscrivere alla Igs Italia:
– in occasione delle nostre iniziative;
– con un conto corrente postale a favore del conto Bancoposta n. 25562331 intestato a Igs Italia c/o Guido Liguori, Roma, specificando nella causale “iscrizione Igs per l’anno 2016” + eventualmente le copie del “quaderno Gramsci” che desiderate acquistare;
– con un bonifico bancario a favore del conto della Igs Italia, codice IBAN: IT62 C076 0103 2000 0002 5562 331 (Codice BIC/SWITF: BPPIITRRXXX C 07601 03200 000025562331).

ANTONIO GRAMSCI Y EL PERIODISMO

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DÊNIS DE MORAES, 23/06/2014

Mi objetivo con este artículo es contribuir para hacer más conocida la trayectoria y los escritos periodísticos del filósofo marxista italiano Antonio Gramsci (1891-1937), desde sus años de iniciación en Turín hasta la fundación de ‘L’Unità’, periódico oficial del Partido Comunista de Italia (PCI), del cual fue redactor-jefe. Sus actividades como periodista se vinculan, en la mayor parte del tiempo, a la militancia como intelectual, activista revolucionario y dirigente comunista.
Sólo se interrumpieron el 8 de noviembre de 1926, cuando fue detenido por la dictadura fascista en base a leyes de excepción decretadas por Benito Mussolini, después de revocadas sus inmunidades como diputado electo por el PCI el 6 de abril de 1924. Aún en las terribles condiciones de la cárcel, Gramsci encontró ánimo para redactar apuntes teóricos sobre la prensa, el periodismo y los periodistas. Sus textos ofrecen contribuciones relevantes a la reflexión crítica sobre la ética profesional y la necesidad de diversidad informativa y pluralidad de voces en los noticieros y espacios de opinión.

Antonio Gramsci ejerció el periodismo en etapas importantes de su corta pero intensa jornada. Desde 1910, cuando publicó el primer texto en L’Unione Sarda, hasta ser detenido por el fascismo en 1926, escribió 1.700 artículos. Equivalen a más del doble de las páginas reunidas en los Cuadernos de la cárcel, redactados entre 1929 y 1935. “En diez años de periodismo, escribí líneas suficientes para llenar quince o veinte volúmenes de cuatrocientas páginas”, resaltó en una carta a su cuñada Tatiana Schucht, redactada en la Penitenciaria de Túri el 7 de septiembre de 1931. (1)

Fue a partir de 1915, en Turín, que Gramsci se dedicó al periodismo, después de desistir del curso de Letras (aunque haya mantenido la fascinación por los estudios literarios). Ya adepto del marxismo, colaboró en los periódicos Il Grido del Popolo y Avanti!, vinculados al Partido Socialista Italiano. En 1917, dirigió el único número de la revista La Cittá Futura, que estimulaba debates sobre la actualidad nacional y el socialismo, y en la cual divulgó textos de Gaetano Salvemini y Benedetto Croce, intelectuales cuyas ideas, a su juicio, deberían ser más conocidas y discutidas. En 1919, al lado de Palmiro Togliatti, Umberto Terracini y Angelo Tasca, Gramsci fundó el semanario L’Ordine Nuovo (“Reseña semanal de cultura socialista”).

“Decir la verdad es revolucionario”

Teniendo a Gramsci como editor jefe, L’Ordine Nuovo circuló del 1º de mayo de 1919 al 24 de diciembre de 1920. El 1º de enero de 1921, el periódico pasó a ser diario, bajo el lema “Decir la verdad es revolucionario”. Veinte días después, se convirtió en el vocero del recién fundado Partido Comunista Italiano (PCI). Gramsci fue su redactor jefe y articulista hasta 1924, cuando L’Ordine Nuovo fue sustituido por L’Unità (“Diario de los obreros y de los campesinos”).

Sus artículos, suscritos o con iniciales, o con otras indicaciones de autoría, aparecen en estas publicaciones cuyo trazo convergente era el compromiso con las luchas sociales y la renovación político-partidaria y cultural. El espíritu que lo impulsaba al periodismo fue resumido en carta a Tatiana Schucht, de 12 de octubre de 1931: “Nunca fui periodista de profesión, que vende su pluma a quién pagar mejor y debe continuamente mentir, porque la mentira forma parte de sus calificaciones. Fui periodista absolutamente libre, siempre de una sola opinión, y nunca tuve que esconder mis profundas convicciones para agradar a los patrones”. (2)

El periodista Gramsci no huyó de controversias partidarias y teóricas; defendió posiciones éticas y políticas; y propuso estrategias, alianzas y tácticas de acción para la lucha de clases. Él hizo del periodismo el principal medio para el ejercicio de la crítica, asociada por él, en artículo publicado en el Il Grido del Popolo en 1916, a los espíritus insumisos que rechazan la alienación y el conformismo y se guían por el compromiso con la libertad y la humanización de la vida.

Evolución intelectual

Gran parte de la producción periodística de Gramsci reflejan su evolución intelectual y la actuación política en medio de “dramáticos acontecimientos históricos (el primer conflicto mundial, la revolución y la eclosión de la primera etapa de la guerra fría contra la Rusia soviética, el proceso de radicalización ideológica y política del movimiento obrero en Occidente, el despertar de los pueblos coloniales y las persistentes ambiciones imperialistas de las grandes potencias liberales, el advenimiento del fascismo), y radicaliza la crítica al liberalismo y profundiza, en todos los niveles, el pasaje al comunismo”. (3)

Gramsci trata de cuestiones políticas, asuntos culturales y problemas filosóficos, algunos de los cuáles abordaría, de manera más detallada, en los Cuadernos de la cárcel, aunque sin disponer de condiciones adecuadas para estudiar. La variedad temática superó los límites de la política, incluyendo acontecimientos de lo cotidiano, personalidades públicas, economía, religión, pedagogía, artes, literatura, estética, prensa, moral, etc.

El estilo combativo de traducir el mundo en constante ebullición, a partir de la ventana de contemplación de Turín, transformaría a Gramsci, según su mejor biógrafo, Giuseppe Fiori, “en la revelación del nuevo periodismo socialista y, en los años de guerra, prácticamente en su protagonista exclusivo”:

“En todos los escritos de Gramsci, desde los breves ensayos teóricos hasta las crónicas casi teatrales, se percibía un estilo nuevo: el paso del énfasis grandilocuente de un Rabezzana y de un Barberis al gusto por el movimiento; un lenguaje cuidado, a veces de una pureza neoclásica, tan lejana de la prosa insípida de los ‘viejos’; la coherencia, el hilo que unía todos los escritos y convertía las notas aparentemente alejadas entre sí en otras tantas ocasiones sucesivas para el desarrollo de una argumentación nunca interrumpida; y la originalidad y la concreción de las propuestas políticas, iluminadas siempre por el convencimiento de que la teoría que no se puede traducir en actos es una abstracción inútil y que las acciones que no se fundamentan en la teoría son impulsos estériles.” (4)

Los énfasis de su obra periodística pueden ser agrupados en tres etapas (5). En la primera fase (1916-1918), él reprobó tendencias reformistas y positivistas dentro del Partido Socialista Italiano, poniendo de relieve la participación activa de los trabajadores en las luchas por el socialismo, a partir de una formación política que favorezca el compromiso consciente y ayude a la clase obrera a superar una visión económico-corporativista.

En la segunda etapa (1919-1920), Gramsci insistió que no se debe reducir el proceso revolucionario a las dimensiones económicas y políticas, ni a tentaciones insurreccionales que no correspondían, a su modo de ver, al análisis de la realidad objetiva. Destacó la necesidad de expandir la dimensión cultural de la lucha de clases a través de medios de difusión y de acciones pedagógicas capaces de denunciar las estructuras excluyentes de la sociedad capitalista, profundizar la conciencia de los trabajadores y exigir la transformación radical de las relaciones sociales de producción.

En la tercera etapa (1921-1926), como dirigente del PCI, Gramsci evaluó los obstáculos decurrentes del ascenso del fascismo. Se convenció de que las contradicciones del capitalismo no llevarían inexorablemente al socialismo, lo que obligaba a las fuerzas populares y socialistas a esbozar nuevas estrategias de lucha considerando las complejidades de los países desarrollados. Destacó el enorme peso del factor cultural en una sociedad civil más densa, poblada de organizaciones complejas, en la cual inciden múltiples perspectivas intelectuales, sin contar la muy problemática interferencia de los medios de comunicación en la conformación de la opinión pública. (6)

Subordinación al poder y control de la información y la opinión

En los textos pre-carcelarios, Gramsci criticó la subordinación de los principales diarios al poder, así como las fórmulas verticalizadas del control de la información y la opinión. El 26 de abril de 1922, fue contundente: “Los periódicos del capitalismo habrían hecho vibrar todas las cuerdas de los sentimientos pequeño-burgueses; y son estos periódicos que aseguran a la existencia del capitalismo el consenso y la fuerza física de los pequeño-burgueses y de los imbéciles”. (7)

Para el filósofo italiano, los periódicos burgueses “presentan los hechos, aun los más simples, de modo que favorezcan a la clase burguesa y la política burguesa en perjuicio de la política y de la clase obrera”. Ejemplificó con la cobertura tendenciosa de las huelgas: “Para la prensa burguesa los trabajadores están equivocados. ¿Hay una manifestación? Los manifestantes, simplemente porque son trabajadores, son siempre los revoltosos, los intransigentes, los delincuentes”.

Así, el convencimiento sobre los irremediables conflictos ideológicos entre la clase trabajadora y la prensa burguesa justifica la actitud política que Gramsci defendía ser la más consecuente: boicotear los periódicos vinculados a las elites. Y justificó: “Todo lo que se publica [en la prensa burguesa] es constantemente influenciado por una idea: servir a la clase dominante, lo que se traduce en un hecho: combatir la clase trabajadora. (…) No hablaremos de todos los temas que los periódicos burgueses o censuran, o tergiversan o falsifican para poder engañar, ilusionar, y mantener en la ignorancia al pueblo trabajador”. (8)

Pensamiento y acción

L’Ordine Nuovo representó para Gramsci la experiencia más nítida de “unión entre pensamiento y acción”. Entre 1919 y 1920 (el llamado “bienio rojo” en Italia, marcado por manifestaciones obreras), el periódico asumió decididamente la defensa de las comisiones o consejos de fábricas, las células de autogestión proletaria concebidas como instituciones semejantes a los soviets creados por la Revolución Rusa de 1917. Las páginas de L’Ordine Nuovo se sumaron a la movilización en torno a las comisiones de fábrica, organizadas como núcleos de organización de la lucha obrera, dentro de una estrategia compatible con las circunstancias de la sociedad italiana. El punto de partida fue el artículo de Gramsci “Democracia obrera”, publicado en junio de 1919, en el cual sostenía:

“La fábrica, con sus comisiones internas, los círculos socialistas, las comunidades campesinas son los centros de vida proletaria en que es preciso trabajar directamente. Las comisiones internas [de fábrica] son los órganos de la democracia obrera, fundamentales para liberar a los trabajadores de las limitaciones impuestas por los empresarios, y en las cuales se puede infundir y estimular la vida y nuevas energía. Hoy, las comisiones internas limitan el poder del capitalista en la fábrica y desempeñan funciones de arbitraje y disciplina. Desarrolladas y fortalecidas, deberán ser mañana los órganos del poder proletario que sustituirá el capitalista en todas sus funciones útiles de dirección y de administración”.

El propósito de L’Ordine Nuovo era llegar, sobre todo, a los estudiantes, intelectuales y obreros, a las fábricas, organizaciones sindicales y movilizaciones públicas, con la finalidad de difundir las reivindicaciones, fortalecer la organización de los trabajadores y aumentar su conciencia sobre su propia condición social y las funciones que desempeñan en el proceso productivo y en el conjunto de la sociedad.

“A partir de ese momento, la idea de una nueva estructuración de poder que partiera de la célula de la comisión interna de la propia fábrica, y que fuera ampliada por las masas de obreros cada vez más conscientes de su propio rol, pasó a ser la meta de L’Ordine Nuovo. (…) La revista pasó a actuar, por lo tanto, en un campo muy diferente de aquel que era común a las otras revistas que ya tuvimos ocasión de mencionar. Actuó muy próxima a los obreros, mucho más que Critica Sociale, hasta entonces la revista del Partido socialista. Y los obreros italianos, por primera vez en la historia, encontraron en los socialistas de L’Ordine Nuovo la determinación de concretizar, de poner en práctica lo que hace tiempos se venía afirmando teóricamente.” (9)

La revolución socialista como posibilidad concreta

Estimulados por la ola de protestas y rebeldía en Rusia, Alemania, Hungría y la propia Italia, Gramsci y los articulistas de L’Ordine Nuovo estaban convencidos que la revolución socialista era una posibilidad concreta. Sus textos combatían los argumentos de la derecha en camino hacia el fascismo (que acusaba a las comisiones de fábrica de llevar adelante “un sindicalismo revolucionario, subversivo y fuera de la ley”) y debatían con corrientes de izquierda que divergían de sus concepciones estratégicas y métodos de acción.

La batalla de las ideas en la trinchera periodística, le infundió a Gramsci la certeza de que la publicación, de allí en adelante, sería indispensable para la lucha revolucionaria. Inclusive después del reflujo de los consejos de fábrica en 1920, cuando el periódico publicó autocríticas sobre errores e ilusiones en torno al movimiento, como, por ejemplo, la creencia de que podría expandirse, con el ímpetu inicial de Turín y Piemonte, por todo el país, lo que finalmente no se verificó. En el balance de la experiencia, Gramsci resaltó la sintonía moral, espiritual y política de L’Ordine Nuovo con las causas populares:

“Los artículos de L’Ordine Nuovo no eran frías arquitecturas intelectuales, sino que brotaban de nuestra discusión con los mejores obreros, elaboraban sentimientos y pasiones reales de la clase obrera de Turín, que habían sido experimentados y provocados por nosotros. Y porque los artículos de L’Ordine Nuovo eran casi como ‘una toma de conciencia’ de eventos reales, momentos de un proceso de liberación y expresión de la clase obrera.” (10)

L’Unità, periódico de la izquierda obrera

En cuanto a la L’Unità, lo calificó como “un periódico de izquierda, de la izquierda obrera, que permaneció fiel al programa y a la táctica de la lucha de clase, un periódico que publicará las actas y las discusiones del partido, pero también, en la medida del posible, aquellas manifestaciones de los anarquistas, de los republicanos, de los sindicalistas”. Y añadió: “Importa asegurar a nuestro partido (…) una tribuna legal que le permita llegar, de modo continuo y sistemático, las amplias masas.”

El mismo año en que surgió L’Unità, Gramsci concibió una revista trimestral de estudios marxistas y de cultura política, intitulada Crítica Proletária, y lanzó una revista teórica quincenal, reeditando el título L’Ordine Nuovo. La propuesta era difundir el ideario del PCI y “educar y esclarecer la vanguardia obrera”, una vanguardia que necesitaría mostrarse capaz de construir, en la larga lucha anticapitalista, el Estado de los consejos obreros y campesinos, estableciendo las bases para la emergencia y la consolidación de la sociedad socialista.

Inspirándose en las tesis de Karl Marx y Vladimir I. Lenin sobre la prensa comunista como instrumento de agitación, propaganda, esclarecimiento, educación y formación de la conciencia, Gramsci analizó el vínculo orgánico entre prensa y activismo político. En primer lugar, el periódico debería realzar cuestiones relativas a la clase obrera italiana y mundial, el papel histórico del Partido Comunista en la conducción revolucionaria y las relaciones del partido con los sindicatos.

En segundo lugar, el diario sólo cumpliría sus propósitos si consiguiera “infundir en las masas obreras que un periódico comunista es carne y sangre de la clase obrera, y no puede vivir, luchar y desarrollarse sin el apoyo de la vanguardia revolucionaria, o sea, de aquella parte de la población obrera que no se amilanaba ante ningún fracaso, que no se desmoraliza de cara a ninguna traición, que no pierde la confianza en sí y en los destinos de su clase, aunque todo parezca sumergirse en el caos más negro y cruel”. (11)

Siendo así, Gramsci clasificaba al periódico partidario como intérprete y medio de difusión de las reivindicaciones populares, atribuyéndole la tarea de concientizar a las masas sobre la exigencia insuperable de derrotar el capitalismo, que promueve la explotación del hombre por el hombre.

Ideología y rentabilidad

En los Cuadernos de la cárcel, Gramsci retoma los análisis sobre la prensa, acentuando que la función de los periódicos trasciende la esfera político-ideológica e incluye las determinaciones económicas y financieras de las empresas periodísticas, que buscan atraer el mayor número posible de lectores, ampliando su rentabilidad e influencia. Enfatiza que la prensa burguesa se mueve en dirección a lo que pueda agradar al gusto popular (y no al gusto culto o refinado), con el propósito de conquistar “una clientela continuada y permanente”. (12)

Y añade que, por más que las directrices editoriales tengan su propia lógica de definición y aplicación, es el factor ideológico el que estimula y favorece las identificaciones entre los lectores y los periódicos. Los componentes socioeconómicos e ideológicos están en la base de lo que el filósofo italiano denomina de “periodismo integral”, es decir, “el periodismo que no solamente quiere satisfacer todas las necesidades (de una cierta categoría) de su público, sino que pretende también crear y desarrollar estas necesidades y, consecuentemente, en cierto sentido, generar su público y aumentar progresivamente su área [de influencia]”. (13)

Al detenerse sobre la prensa italiana de las primeras décadas del siglo XX, Gramsci afirma que es “la parte más dinámica” de la superestructura ideológica, caracterizándola como “la organización material empeñada en mantener, defender y desarrollar el ‘frente’ teórico o ideológico” (14), o sea, un soporte ideológico del bloque hegemónico. En la visión gramsciana, en tanto aparatos privados de hegemonía (organismos relativamente autónomos con respecto al Estado en sentido estricto), la prensa elabora, divulga y unifica concepciones del mundo. O sea, cumple la función de difundir contenidos que ofrezcan orientaciones generales para la comprensión de los hechos sociales, a partir de ópticas sintonizadas con determinada agrupación social más o menos homogénea y preponderante.

En esa perspectiva, Gramsci situó a los periódicos como verdaderos partidos políticos, en la medida en que interfieren, con énfasis específicos, en los modos de selección e interpretación de los acontecimientos: “Periódicos italianos mejor editados que los franceses: ellos cumplen dos funciones, de información y dirección política general; de influencia cultural, literaria, artística, científica (…). En Francia, (…) tienen una apariencia de imparcialidad (Action Française – Temps – Débats). En Italia, por la falta de partidos organizados y centralizados, no se puede prescindir de los periódicos: son los periódicos los que constituyen los verdaderos partidos”. (15)

Antes y durante los injustos, sombríos y extremadamente penosos años de cárcel, Antonio Gramsci demostró tener una exacta noción sobre el papel clave de la prensa como aparato privado de hegemonía bajo la influencia de clases, instituciones y elites dominantes. Los medios de comunicación buscan intervenir en los planos ideológico-cultural y político con el objetivo de diseminar informaciones e ideas que contribuyen a la formación y consolidación del consenso en torno a determinadas concepciones de mundo. La mayoría de ellos actúa para fortalecer lo que José Paulo Netto definió como “el orden social comandado por el capital” (16).

En ese sentido, como apunta Gramsci, es fundamental ocupar y crear espacios informativos alternativos y contrahegemónicos que estimulen la diversidad y el pluralismo, permitiendo que otras voces sociales se expresen de manera autónoma y permanente.

Dênis de Moraes es doctor en Comunicación y Cultura por la Universidad Federal de Río de Janeiro y profesor e investigador del Departamento de Estudios Culturales y Medios de la Universidad Federal Fluminense, en Brasil. Autor y coordinador de varios libros publicados en la lengua española, entre ellos Medios, poder y contrapoder: de la concentración monopólica a la democratización de la información (con Ignacio Ramonet y Pascual Serrano, Biblos, 2013); La cruzada de los medios en América Latina: gobiernos progresistas y políticas de comunicación (Paidós, 2011); Mutaciones de lo visible: comunicación y procesos culturales en la era digital (Paidós, 2010); Sociedad mediatizada (Gedisa, 2007); Cultura mediática y poder mundial (Norma, 2006) y Por otra comunicación (Icaria/Intermón, 2005).

Este texto es una versión parcial de la investigación Gramsci y la prensa: periodismo, hegemonía y contra-hegemonía, que Dênis de Moraes coordina en Brasil con los apoyos del Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico y de la Fundación Carlos Chagas Filho de Amparo a la Investigación del Estado de Río de Janeiro.

NOTAS:

Consultar la introducción de Carlos Nelson Coutinho en el volumen 1 (1910-1920) de los Escritos políticos, de Antonio Gramsci. Río de Janeiro: Civilização Brasileira, 2004 .
Antonio Gramsci. Cartas do cárcere (vol. 2: 1931-1937). Org. de Luiz Sérgio Henriques. Río de Janeiro: Civilização Brasileira, 2005, p. 103.
Domenico Losurdo, “Os primórdios de Gramsci: entre o Risorgimento e a I Guerra Mundial”, Cadernos Cedes, Campinas, vol. 26, nº 70, septiembre-diciembre de 2006, p. 17.
Giuseppe Fiori. Vida de Antonio Gramsci. Buenos Aires: Peón Negro, 2009, p. 132.
Thiago Chagas Oliveira y Sandra Cordeiro Felismino. “Formação política e consciência de classe no jovem Gramsci (1916-1920)”. Anales del VI Seminario del Trabajo: Trabajo, Economía y Educación el Siglo XXI, Unesp, Marília, 2008, p. 1-5.
Daniel Campione. Para leer a Gramsci. Buenos Aires: Ediciones del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini, 2007, p. 20..
Antonio Gramsci. Escritos políticos (vol. 2: 1921-1926). Org. de Carlos Nelson Coutinho. Río de Janeiro: Civilização Brasileira, 2004, p. 116-117.
Antonio Gramsci, “Los periódicos y los obreros”. Marxists Internet Archive, disponible en http://marxists.org.
Maria Teresa Arrigoni, “Gramsci: universidade, jornalismo e política”, Perspectiva, Florianópolis, vol. 5, nº 10, enero-junio de 1988, p. 74-75 .
Antonio Gramsci. Escritos políticos (vol. 1: 1910-1920). Org. de Carlos Nelson Coutinho. Río de Janeiro: Civilização Brasileira, 2004, p. 404.
Antonio Gramsci. Escritos políticos, ob. cit., vol. 1, p. 431-432.
Antonio Gramsci. Cadernos do cárcere, (vol. 2: Os intelectuais. O princípio educativo. Jornalismo). Org. de Carlos Nelson Coutinho, Marco Aurélio Nogueira y Luiz Sérgio Henriques. Río de Janeiro: Civilização Brasileira, 2000, vol. 2, p. 218.
Antonio Gramsci. Cadernos do cárcere, ob. cit., vol. 2, p. 197.
Antonio Gramsci. Cadernos do cárcere, ob. cit., vol 2, p. 78.
Antonio Gramsci. Cadernos do cárcere, ob. cit., vol. 2, p. 218 .
José Paulo Netto. O leitor de Marx. Río de Janeiro: Civilização Brasileira, 2012, p. 7.

Gramsci reducido a cantor idealista

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G. Liguori, Il Manifesto, 23/04/2015

“Antonio Gramsci” de Diego Fusaro editado por Feltrinelli. Un panfleto a veces contradictorio y confuso, donde, en nombre de Giovanni Gentile, el autor de los “Cuadernos” es presentado como un idealista bueno para cualquier uso.

Es extraño constatar cómo algunas leyendas a veces se resisten a morir, incluso en el campo de la historia de las ideas y del pensamiento político. Este es el caso, por ejemplo, de la leyenda del Gramsci “gentiliano de izquierda”, sostenida en los años setenta del siglo pasado por el filósofo católico-tradicionalista Augusto del Noce en un libro entonces bastante conocido titulado Il suicidio della rivoluzione. La tesis se refiere no solo al período de la formación del pensador comunista – cuando entre los autores de que conducían su reacción contra el positivismo y por tanto contra el marxismo determinista y fatalista, batalla en cuyo ámbito se formó Gramsci, estaba sin duda Giovani Gentile ( junto a Croce, a Bergson, a los pragmáticos estadounidenses y a muchos otros). Para del Noce el núcleo duro del pensamiento maduro gramsciano, la filosofía de la praxis elaborada y propuesta en los Cuadernos de la Cárcel no dejaba de ser una variante del subjetivismo que Gentile había descubierto en las marxianas Tesis sobre Feuerbach. Esta lectura, aún cuando declinada y reivindicada en sentido “revolucionario”, ha sido retomada por Diego Fusaro en un libro (Antonio Gramsci, Feltrinelli, pp. 174, € 14), que tiene la ambición de proponer a las hodiernas fuerzas anticapitalistas el camino de un posible “relanzamiento a partir de Gramsci “.

El acto y la acción pura

Gentile y Gramsci son pintados por Fusaro como “héroes italianos, maestros de la coherencia y de la filosofía como pensamiento vivido.” En el plano filosófico, la operación del libro – incluso a través de uso compulsivo (excesivo, confuso, a veces contradictorio) de las referencias a bibliografía secundaria y con referencias a menudo superfluas a varios exponentes de la tradición filosófica, esparcidos por los siglos – consiste en pintar un Gramsci que plantea ” una lectura quinta-esencialmente idealista » de Marx. De mismo modo que éste último nunca se habría liberado de su formación idealista, Gramsci nunca se habría liberado del actualismo gentiliano: para el autor, Gramsci sigue establemente en el terreno del actualismo, incluso sería de hecho marxista en tanto que actualista, debido a que “el actualismo incorpora eso mismo en el código marxiano, y por tanto no debe ser interpretado como opuesto a Marx, sino al contrario, como derivado de él “. Así Gramsci es “discípulo de Marx precisamente por ser alumno de Gentile” y retradujo en el léxico marxista” los fundamentos de la dialéctica actualista “.
Fusaro no tiene en cuenta que, en los Cuadernos, Gramsci ha declarado explícitamente, como antecedente de la interpretación que él hace de las Tesis sobre Feuerbach a Antonio Labriola y su tesis de la alteridad del marxismo con respecto de cualquier otra filosofía; ni que Gramsci ha puesto en claro toda la diferencia que existe entre su praxis y el acto puro de Gentile. Una presunta “lectura sintomática” ( ¡pobre Althusser!) sirve al autor para afirmar que todo lo que Gramsci escribe contra Gentile es una excusatio non petita, un intento tosco y superficial para sacudirse de la espalda su actualismo, que sin embargo sería tan íntimo, tan introducido (¿), que volvería inútil cualquier intento de hacerlo. Se intenta dejar de lado las páginas de los Cuadernos en que Gramsci pronuncia juicios muy claros sobre el filósofo del actualismo: por ejemplo, se lee que su pensamiento es un disfraz sofisticada de la ‘filosofía política’ más conocida con el nombre de oportunismo y empirismo”. Y Gramsci señala una diferencia muy precisa entre su filosofía de la praxis y el actualismo, al afirmar que la primera es la filosofía del acto (praxis, desarrollo) pero no del acto “puro”, si no del acto “impuro”, real en el sentido más profano y mundano de la palabra”. Para no hablar de las referencias gramscianas a la inmanencia labriolana y de Maquiavelo, y la conocida cuestión de la traducibilidad: temas y aspectos de la filosofía de la praxis gramsciana que confirman la irreductibilidad del Gramsci de los Cuadernos (Quadernos) a Gentile y a su actualismo.
Adoptada la tesis del Gramsci gentiliano integral, Fusaro llega a imaginar, como consecuencia de la misma, que la “revolución” planteada por el comunista sardo es esencialmente “cultural”, con la consecuencia de que la clase “dominada” debería ser “guiada por los intelectuales”. De ese modo, se pierde, se simplifica, se vulgariza, se traduce en fórmulas que horrorizarían al Gramsci real la compleja urdimbre de los Cuadernos, la importancia de la creación de una nueva capa de intelectuales orgánicos provenientes de la clase de los productores y capaz de producir una verdadera “reforma intelectual y moral de masa”.

Por otra parte, la tesis del eje Gentile-Gramsci es para Fusaro funcional a su visión política. Gramsci habría puesto en boga “la lucha nacional contra el internacionalismo de la globalización de los mercados y de las finanzas”. Las conocidas páginas gramscianas que -desde los años juveniles, y después en los Cuadernos- afirman la necesidad de una lucha, que teniendo como fin el internacionalismo, parta del reconocimiento del terreno nacional ( una enseñanza eminentemente leninista, que por otro lado, tuvo otras continuaciones incluso en polémica con Rosa Luxemburg, una “águila” no carente de abstracción) es traducida increíblemente en una especie de nacionalismo político-económico, la vía que el autor evidentemente identifica con el camino para oponerse a la globalización capitalista.

Derivas roji-pardas.

Por otra parte, Fusaro es defensor de la desaparición de toda barrera entre comunistas y fascistas en nombre de la lucha común contra el sistema capitalista. Y en este libro repite la acostumbrada letanía, que sostiene que la vieja dicotomía derecha-izquierda debe ser substituida por una nueva oposición entre capitalismo y anticapitalismo. Son opiniones que han tenido en ocasiones algunos seguidores. Pero que en las filas de este partido “roji-pardo” se pueda o se quiera inscribir también a Antonio Gramsci- muerto entre otras cosas a causa de haber sido prisionero de una cárcel fascista- es algo que suscita, más que perplejidad, disgusto.

Traducción Joan Tafalla y Joaquin Miras ( 24 abril 2015)
Esta traducción ha sido publicada originalmente en Espai Marx el día 26 de abril de 2015. Se agradecerá su difusión por cualquier medio, citando el lugar de su publicación.

Nou llibre sobre Gramsci i els Quaderns de la Presó

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Avui mateix, seminari sobre aquest llibre a Roma:

L’incontro avrà luogo presso la Università di Roma Tre, Facoltà di Lettere e Filosofia (Via Ostiense 236; metro B – Fermata Marconi), Aula Verra (piano terra).

Diu l’autor:
“El interés en Gramsci me ha acompañado durante la mayor parte de mi vida, desde mi querida hermana Liliana me dio las cartas de la cárcel en la primera edición (…). En este largo período de tiempo he seguido con atención la “suerte” de Gramsci: en Italia, en el período comprendido entre la primera aparición de los ordenadores portátiles y la fase de los 90 ‘olvidados’, se había producido una gran cantidad de escritos sobre el pensamiento del sardo Comunista con diferentes interpretaciones incluso discordantes, una ‘pelea’ de hecho, mientras que la reconstrucción de la vida y la conducta de pensamiento apareció deficiente por falta de documentación biográfica e histórico-filológica. Así, mientras que en comparación con Gramsci tuvo lugar en una dimensión global, la “historia” de Gramsci en esos años, a pesar de los esfuerzos de un historiador como Spriano, no fue investigado y las tentativas tan difíciles de penetrar en la zona de sombra fueron vistos con sospecha si estuvieran dirigidas a cuestionar la “historia sagrada” del PCI en su punto crítico más delicado, la relación entre Gramsci y Togliatti “.

Un video sobre l’obra:

Un comentari de Guido Ligouri sobre un llibre anterior d’Angelo Rossi:

Perché Gramsci ha scritto i «Quaderni»?

Guido Liguori

Il nuovo libro di Angelo Rossi (Gramsci da eretico a icona. Storia di un «cazzotto nell’occhio», prefazione di Biagio de Giovanni, Napoli, Guida, 2010, pp. 138) presenta diversi motivi di continuità con Gramsci tra Mussolini e Stalin, scritto dall’autore pochi anni orsono insieme a Giuseppe Vacca. In questo nuovo lavoro appaiono centrali almeno due elementi già presenti nel precedente: il metodo d’analisi scelto per la decifrazione del Gramsci carcerario e la rilevanza assegnata alla proposta dell’Assemblea Costituente (il «cazzotto nell’occhio»). Mentre appare ridimensionata in buona parte la tendenza a estrapolazioni eccessive rispetto a quanto i documenti conosciuti permettano di affermare effettivamente.
Il metodo, si è detto. È per certi versi esemplare: partendo dal fatto, ormai acquisito dalla critica più matura, che bisogna leggere i Quaderni nel loro svolgimento diacronico, Rossi interseca le note carcerarie con le lettere e con i fatti del «mondo grande e terribile», nonché con le testimonianze di Terracini e di altri prigionieri del fascismo, per restituire alla riflessione carceria gramsciana la sua pregnanza anche immediatamente politica. Usando questa lettura multiversa, l’autore ricostruisce i primi anni dopo l’arresto come continuazione della battaglia politica iniziata con la celebre lettera del 1926. Inizierebbe da quell’atto politico un generale ripensamento gramsciano, che porta il pensatore sardo a elaborare un comunismo democratico «su un percorso diverso dal comunismo terzinternazionalista» (p. 28). Per questo la proposta della Costituente appare «un radicale ripensamento delle teoria e della prassi comunista» (p. 17). Gramsci riteneva che la «svolta» fosse una «deriva del partito verso posizioni “insurrezionaliste”, sostanzialmente estremiste, in ossequio alle direttive sbagliate del Komintern», da respingere pur senza rompere la solidarietà interna al movimento comunista (p. 18). Egli immaginava un percorso democratico-parlamentare, non soviettista, anche se affermava parimenti «la necessità di istituzioni e organismi autonomi delle classi “subordinate”» (p. 106). Non accettava cioè tout court la democrazia liberale, quanto piuttosto alcuni suoi valori in vista di una Aufhäbung, un superando in grando di mantenerne gli aspetti positivi.
Consapevole che il Pcd’I non poteva andare avanti senza l’aiuto sovietico, compreso che la nuova stagione del Pcus e dell’Internazionale non consentiva più una discussione aperta, Gramsci scelse di non proseguire lo scontro frontale con lo stalinismo, ma non rinunciò (e per questo scrisse i Quaderni) a elaborare una via strategica altra, valida per l’Italia e per l’Occidente (pp. 33-34). Rossi mostra i percorsi paralleli della battaglia politica gramsciana dei primi anni di carcere e dei testi dei coevi primi quattro quaderni. La rozzezza del marxismo che era prevalso in Urss per Gramsci condizionava direttamente lo schematismo delle politiche dell’Internazionale. Ma egli sperava che a tale rozzezza teorica paragonabile alla prima cultura della Riforma avrebbe fatto seguito una rifioritura simile a quella avutasi con la filosofia classica tedesca, che proprio dalla Riforma aveva in ultima analisi preso le mosse.
Non va taciuto che vi sono nel libro anche punti meno condivisibili. Ad esempio Rossi calca troppo il ruolo di Croce nella formazione di Gramsci, assolutizzandolo e facendo del filosofo partenopeo «il maestro con il quale il dialogo è durato ininterrotto per tutta la vita» (p. 55). Al contrario l’autore fa di Lenin una fonte con cui «il rapporto […] è senza dubbio più tormentato e difficile» (p. 57), insistendo sul «distacco dal leninismo» di Gramsci. Vi sono in questa lettura due errori: in primo luogo, si sopravvaluta il ruolo di Croce, poiché in realtà la formazione di Gramsci vede il concorso di una serie molteplice di fattori e la sua peculiarità è proprio il risultato di questa ricchezza. Accanto a Croce, non si possono dimenticare l’influenza determinante della linguistica, del pragmatismo, di Sorel, e anche di Gentile e di Lombardo Radice, nonche il fondamentale confronto critico con l’elitismo. In secondo luogo, l’incontro con Lenin è dirimente e non può essere letto solo in negativo. Ripetutamente Gramsci in carcere richiama la lezione di Lenin. I Quaderni sono non un «distacco dal leninismo», ma (possiamo ripetere con il Togliatti del 1958) una traduzione del leninismo, all’altezza della società capitalistica avanzata. Tradurre efficacemente vuol dire instaurare un rapporto critico-creativo con la fonte, né riproporla letteralmente, né rinnegarla completamente. Che poi qualcosa vada lost in translation è risaputo e inevitabile. E persino positivo, se si vuole aderire davvero al contesto concreto in cui si opera.
Fuoriuscita democratica dal fascismo, affermazione dell’infondatezza di ogni possibilità «insurrezionalista», riaffermazione della linea di Lione: ecco il succo delle conversazioni di Turi parallele ai primi Quaderni, contenenti la messa a punto di un nuovo marxismo. Gramsci accelera i tempi di questo doppio percorso, teorico e politico, nel cruciale anno 1930. Il tentativo di formare quadri per preparare la ripresa della lotta politica fallirà per l’opposizione di due «rivoluzionari di professione» fedeli alla linea, Tosin e Lisa. Una volta uscito, nella sua relazione al «Centro», Athos Lisa parlerà del «cazzotto nell’occhio», appunto. Ma Togliatti, forse «orientando» i resoconti di Lisa, riuscì sapientemente a derubricare il dissenso gramsciano, contribuendo così notevolmente a salvare dallo stalinismo Gramsci, la sua famiglia russa, il partito italiano e forse anche se stesso (p. 81). Rossi giustifica l’operato di Togliatti: le sue «precauzioni» erano necessarie «in quanto il Pci deve rendere conto a un dominus, Stalin, che non ammette la benché minima autonomia» (p. 125). Lo stesso Gramsci era estremamente cauto in carcere, secondo una testimonianza di Lisa di molti anni dopo: «Io non avevo mai sentito Gramsci fare apprezzamenti sulla politica del partito. Tutte le volte che accadeva di porgli questa domanda, egli rispondeva senza esitazione: “Penso che la politica del partito sia giusta”» (p. 125). A maggior ragione Togliatti capì che era «meglio tacere». Del resto, secondo l’autore, lo stesso Gramsci «accettava la politica del partito, anche se non ne condivide[va] la linea politica» (p. 130). Per questo egli non porterà mai allo scoperto il suo dissenso, pur non rinunciando alla fondazione di un comunismo e di un marxismo diversi. Così il comunista sardò restò «congelato» come simbolo dell’antifascismo, in attesa di poter essere «riesumato» da Togliatti, una volta tornato in Italia (p. 137), libero di tentare nuove strade al socialismo e di diffondere una nuova versione del marxismo, sulla base delle idee di Antonio Gramsci.

Font: http://www.gramscitalia.it/recerossi.htm

Articles d’Angelo Rossi sobre Gramsci a la presó:

Gramsci ostaggio di Mussolini e comunista eretico
Angelo Rossi
Critica marxista: analisi e contributi per ripensare la sinistra, ISSN 0011-152X, Nº. 2, 2014, págs. 55-62

Gramsci in carcere e la poltica estera italiana
Angelo Rossi
Critica marxista: analisi e contributi per ripensare la sinistra, ISSN 0011-152X, Nº. 1, 2013, págs. 48-58

Gramsci negli anni del carcere
Angelo Rossi
Critica marxista: analisi e contributi per ripensare la sinistra, ISSN 0011-152X, Nº. 4, 2012, págs. 69-75

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